Soy mitólogo, las perneras me parecen monstruos surgidos de las profundidades, soy un etnólogo que investiga los materiales extraterrestres creadores de los brazales. Esas majestuosas antenas que se comunican por radioaficionados a las noches oscuras, dónde moran los hombres lobos hambrientos de virgencitas, cada vez encuentro una fascinación morbosa por los lobos, por la licantropía, es una estado anarquista, es la ansía de devorar libros y ombligos, es la república de las garras, de las locuras alucinadas en los bosques de enfermeras con mascarillas. Me gustan algunas enfermeras, hay dos o tres enfermeras que me llevaría a una cabina de teléfonos y contaré la escalera de caracol que hay debajo de la cama, de la cama de esas patas de traumatología que me llevan por las sendas doradas de 40.000 años de locuras, de ácidos fluorescentes, de gonartrosis con coleliatisis inducidas por hongos y arcos fuertes de heterodoxos, pervertidos, malditos transferís que tele transportan a los senos, los senos deslizantes, hay enfermeras y hombres lobos, también hay clérigos que promulgan la fiesta pagana de los humores del cuerpo, ¿qué harán con tantos tubos y instrumentos para crear música celestial? Es una sinfonía maestra dentro de los patucos verdes, de las fundas y los sombreros de mago que dirigen el tráfico infernal de cataratas espirituales que me invaden mi oftalmóloga favorita, que me vuelve al revés, loco, estoy loco, loco por las ensaladas, por la dulzura de las bocas de mi oftalmóloga preferida, por la sensación de sudor cuándo todos son vacíos, fantasmas regresados de esos abismos coloniales dónde los monitores chispo terrean, OH, andamiajes del corazón palpitante, esos múltiples colones y esas mesas de quirófano dónde despertar, penetrar, encandilar encefalogramas exquisitos de ruinas de agua, tuberías, tus ojos mi oftalmóloga son exclusas, todos mis poros se abren de naranja radiactivo, ¿qué te contaré en la cama de soportes y artroscopias el trajínese y el mecanismo de defensa de palancas? Hay cosas emergentes, el éxtasis de los ascensores me pone a cien las nalgas de mi oftalmóloga favorita, pienso y sueño con ella cómo un gato en el balcón, desfiló desde el pijama de extraterrestres nucleares, somos una secta entregada a un dios sangriento, desintegra nuestros corazones de veneno, de piedra negra, roja, toda roja, es el elixir de mi escapada mortal, ese salto mortal para arrancarme los dedos la televisión y cuándo siento la llamada, todo es una bomba en mi alma de cerebro inundado de zuecos maravillosos que expulsan bilis, neuronas, carcomas, demonios y jugos vaginales del cabello loco de quirófanos que están perdidos en la Abisinia mis rizos y mis tobillos comprimidos por neveras y baúles encofrados, ¡vamos a perdernos todos por los laberintos de las isquemias!
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